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Carta ciudadana

  • Última actualización en Miércoles, 23 Octubre 2013 19:46
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"Por considerarlo de amplio interés y actualidad, le compartimos la siguiente carta escrita con esmero y tono pedagógico, que estimula la reflexión ciudadana"
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Respetado ciudadano:
En el Congreso no radican todos los males del país, ni es la única institución al servicio de los poderosos. Pero como se aproximan las elecciones legislativas, hablemos de la urgente necesidad de transformar el Congreso de la República: que 35 de sus integrantes estén en la cárcel procesados por “parapolítica” y que sumados a los investigados por las mismas razones superen el centenar, constituye una tenebrosa notificación sobre la profunda descomposición que le afecta.

Quienes descomponen las instituciones estatales y el Congreso lo hacen para beneficiar a determinados agentes: exenciones, licencias, cuotas, nombramientos que aseguren permisos, medidas o favores a enormes negocios por los cuales estarían dispuestos muchos de esos agentes a dar la vida (y a veces a quitarla). No importa que con ello aplacen el cumplimiento de los “fines esenciales del Estado colombiano”: servir a la comunidad y a la prosperidad general, garantizar los derechos de los ciudadanos, facilitar su participación en las decisiones que les afecten y defender  la soberanía (Art.2, C.P.). Bavaria y la “Sociedad Portuaria de Buenaventura”, por ejemplo, financian directamente a los aspirantes al Congreso antes que contribuir a un fondo para la financiación estatal y vigilada de las campañas electorales en igualdad de condiciones.  La rama ejecutiva prefiere halagar con cargos y notarías a los congresistas ya elegidos. Todo en función de los negocios y el status quo que los permita.

Así que la transformación del Congreso y su forma de elección debería ser tan drástica, como apremiante es su situación e importante el papel que podría jugar esa corporación legislativa.  No basta con tímidas reformas políticas que siguen permitiendo tanto la excesiva injerencia de la rama ejecutiva, como la compra de votos, el clientelismo y el tráfico con las necesidades del elector; el monopolio privado de los medios y el encarecido acceso a la propaganda electoral; el constreñimiento al elector y la circulación de exorbitantes sumas de dinero en las campañas, hasta el reciclaje de grupos y partidos comprometidos con diversas prácticas criminales. Lo cual continúa ocurriendo en nuestro país, ¡a esta hora!

Pero una reforma “drástica” del Congreso de la República no nos vendrá del cielo o del propio Congreso actual, encargado de aprobar las Leyes correspondientes: por sus alcances, porque propicia otras innovaciones severas en la estructura de poder colombiano, régimen presidencialista incluido; por su sentido social (que también afecta los enormes intereses mencionados) y su significado ético, esa transformación debe gestarse en otros ámbitos aún más determinantes de la vida nacional.

Por fortuna, el factor desencadenante de esa innovación puede ser el ciudadano, el ser humano- ciudadano. Toda persona debe ocuparse de su futuro y esforzarse por mejorarlo en cada ocasión. La participación electoral ofrece una oportunidad única y fundamental, más no suficiente para lograr estos cambios. Es clave que quienes logren conciencia de lo anterior, actúen además en su espacio de estudio, de trabajo, en su comunidad y en la movilización social. Pero siendo un paso inicial y fundamental, la participación electoral en esta delicada hora, sí puede contribuir notablemente en la transformación de que venimos hablando. Para romper, con actos de conciencia, el círculo vicioso que resulta en el aplazamiento de los derechos económicos, sociales, políticos y culturales de las mayorías.

Usted puede promover que estas elecciones sirvan para avanzar, con actos de conciencia, en lo que la “reforma política” aprobada por este decadente Congreso de la República no quiso: castigar a los partidos y grupos comprometidos con los hechos criminales de que hemos hablado, o a sus “clones” o proyectos “de garaje”; castigar a los tránsfugas y a quienes compran votos, trafican con las necesidades del pueblo y practican el clientelismo electoral; romper el monopolio mediático y publicitario, que asegura curules sólo a quienes tienen grandes recursos; contrastar el discurso (¿sólo electoral?) con la trayectoria del candidato; establecer que los fines que predica, se correspondan con los medios que utiliza, ¡y emitir un voto limpio que siembre futuro!.



Wilson Arias Castillo
Santiago de Cali, 19 de enero de 2010
  
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